viernes, 4 de septiembre de 2015

(Introducción) Ciertos pasajes del libro que han sido calificados de pornográficos están escritos como una proclama contra la pena de muerte, a la manera de Una modesta proposición de Jonathan Swift. Estas secciones pretenden poner al descubierto que la pena capital es un anacronismo obsceno, bárbaro y repugnante. Como siempre, el almuerzo está desnudo. Si los países civilizados quieren volver a los ritos druídicos de la horca en el Bosque Sagrado, a beber sangre con los aztecas o a alimentar a sus dioses con sangre de sacrificios humanos, que vean lo que de verdad comen y beben. Que vean lo que hay en la gran cuchara de las noticias.

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Distante ruido de tripas… Palomas envenenadas llueven de auroras boreales… Los depósitos están vacíos… Estatuas de bronce se estrellan contra las plazas y calles hambrientas de la ciudad hueca…
Buscando una vena en el amanecer enfermo por falta de droga… Estrictamente con jarabe para la tos…
Un millar de yonquis asaltan las clínicas…

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La imagen rota del Hombre avanza minuto a minuto, célula a célula… Pobreza, odio, guerra, delincuencia policíaca, burocracia, locura, síntomas todos del Virus Humano.
Ahora puede ser aislado y tratado el Virus Humano

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Como ven, el control no puede ser nunca un medio ni llegar a un fin práctico… No puede ser nunca sino un medio de llegar a un control superior como la droga.

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El resultado final de la representación celular completa es el cáncer. La democracia es cancerígena y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraiga en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece reproduciéndose sin descanso hasta que, si es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos. (En cambio, una cooperativa puede vivir sin Estado. Es una ruta a seguir. Crear unidades independientes que satisfagan las necesidades de quienes participan en el funcionamiento de cada unidad. Una oficina opera a partir del principio contrario inventar necesidades para justificar su existencia.) La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontánea e independiente, y llevarla al parasitismo absoluto de un virus.
(Se cree que el virus es una degeneración de una forma de vida más completa. Es posible que en otros tiempos tuviese incluso vida independiente. Ahora ha descendido a la línea divisoria entre materia viva y muerta. Sólo presenta cualidades de ser vivo si tiene un huésped, si usa la vida de otro: es la renuncia a la vida misma, una caída hacia el mecanismo inorgánico, inflexible, hacia la materia sin vida.)

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Restos de rosa intenso manchan el azul pastel del horizonte donde grandes colinas de hierro se estrellan en jirones.
—Está bien. —El dios grita sus tres mil años de espera a través de ti…
Una pirámide de cráneos de cristal deja hecho añicos el invernadero bajo la luna de invierno…

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FISCAL. —Señores del jurado, estos caballeros tan «cultos» pretenden que la inocente criatura humana que tan irreflexivamente sacrificaron se convirtió de repente en un enorme ciempiés negro y que fue «su deber hacia la especie humana» destruir aquel monstruo antes de que pudiese, por cualquier medio a su alcance, perpetuar su especie… ¿Vamos a tragarnos semejante pila de mierda? ¿Vamos a dejar que nos endilguen semejante camelo como si fuéramos tontos del culo? ¿Dónde está ese fantástico ciempiés? «Lo destruimos», dicen muy orgullosos… Pero yo quiero recordarles, señores y hermafroditas del jurado, que esa Gran Bestia —señala al doctor Schafer—, ha comparecido ya en varias ocasiones ante este tribunal acusado del incalificable delito de violación de cerebros… Dicho en cristiano —golpea con el puño la barandilla que le separa del jurado, su voz pasa a ser un grito—, dicho en cristiano, señores, lobotomía por la fuerza…
Los miembros del jurado se sofocan… Uno se muere de un ataque cardíaco… Otros tres caen al suelo retorciéndose en orgasmos de lascivia…

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como si hubiera atravesado toda la Gran Barrera, con la misma inocencia y tranquilidad con la que un niño salta la cerca para pescar en el estanque prohibido —a los pocos segundos ha cogido un enorme barbo— de una caseta negra saldrá a toda prisa el Viejo, maldiciendo con un horquilla en la mano y el chico se escapará riendo por los campos de Misouri —en su carrera ve una hermosa sagitaria rosa y la corta al pasar con una elástica inclinación de músculos y huesos jóvenes— (sus brazos se funden con el campo, yace muerto junto a la cerca de madera con una escopeta al lado, su sangre sobre la helada arcilla roja embebe el rastrojo invernal de Georgia)… El barbo colea a su espalda…

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¿Alguno de ustedes ha visto actuar al doctor Tetrazzini? Digo actuar a sabiendas, porque sus operaciones eran auténticas. Comenzaba lanzando un bisturí sobre el paciente desde la puerta y luego hacía su entrada de bailarín de ballet. Su velocidad era increíble: «Así no les dejo tiempo para morirse», decía. Los tumores le provocaban un frenesí de rabia. «¡Jodidas células sin disciplina!», refunfuñaba avanzando sobre el tumor como un navajero.

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—¿Terapia química? —El grito de su carne cruzando cuarteles y barracones vacíos, mohosos hoteles de temporada, pasillos de sanatorios antituberculosos poblados de toses, el murmullo, los gargajos, el olor gris a comida rancia de asilos y hogares para ancianos, grandes y polvorientos almacenes y depósitos de aduanas, cruzando pórticos caídos y arabescos embadurnados, orinales de hierro tan finos como el papel corroídos por la orina de un millón de sarasas, letrinas abandonadas cubiertas de yerba y del olor rancio a mierda que regresa a la tierra, falos de madera erectos sobre la tumba de los moribundos que gimen como hojas al viento, atravesando el gran río cenagoso en el que flotan árboles enteros con serpientes verdes en las ramas y los ojos tristes de los lémures contemplan la costa más allá de una gran llanura (las alas de los buitres chasquean en el aire seco). El camino está sembrado de condones rotos y cápsulas de heroína vacías y tubos de vaselina aplastados tan secos como huesos esparcidos bajo el sol del verano.

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Gamberros rockeros adolescentes toman por asalto las calles de todas las naciones. Irrumpen en el Louvre y arrojan ácido al rostro de la Gioconda. Abren puertas de zoos, manicomios, cárceles, revientan las conducciones de agua con martillos neumáticos, rompen a hachazos el suelo en los lavabos de los aviones comerciales, apagan faros a tiros, liman los cables del ascensor hasta dejar un solo hilo, conectan las alcantarillas a los depósitos de agua, arrojan tiburones y rayas, angulas eléctricas y candirús a las piscinas (…), meten el Queen Mary a toda máquina en el puerto de Nueva York vestidos de marineros, hacen carreras con aviones y autobuses de pasajeros, irrumpen vestidos de bata blanca en hospitales y clínicas llevando serruchos y hachas y bisturíes de un metro de largo; sacan a los paralíticos de sus pulmones de acero (imitan sus ahogos revolcándose por el suelo con ojos desorbitados), ponen inyecciones con bombas de bicicleta, desconectan los riñones artificiales, cortan a una mujer por la mitad con una sierra quirúrgica de dos manos, meten piaras de cerdos gritones en la Bolsa, cagan en el suelo de las Naciones Unidas y se limpian el culo con tratados, pactos, alianzas.

El almuerzo desnudo - William S. Burroughs

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