Siempre tenían tiempo libre para ocuparse de la vida y milagros de los demás. Creían que debían unirse para ayudar al prójimo, como en aquella ocasión en que se unieron para decirle a una mujer que le había prestado su coche a un negro que el mejor sitio para ella era el Norte, con todos los demás amantes de los negros, o aquella otra vez, cuando echaron a los veteranos con esposas extranjeras. Si uno era distinto de los demás, tenía que marcharse del pueblo. Por esta razón todo el mundo se parecía tanto, en la manera de hablar y actuar, en sus gustos y sus odios. Si alguien detestaba algo, y era una persona como tenía que ser, todo el mundo debía detestar lo mismo. Si no lo hacías así, la gente te odiaba. En la escuela nos decían que debíamos pensar por nuestra cuenta, pero eso era imposible en el pueblo. Tenías que pensar como tu padre había pensado durante toda su vida, y eso era lo que todo el mundo pensaba. (...) Cuando pasaran unos años, nadie podría creer que por aquella extensión de arcilla alguien casi abandonó su casa, golpeó a su mujer en la mandíbula y asustó a su hijo. Pero, aparte de mí, ésa era la única cosa que papá hizo mientras vivió y que uno pudiera ver ahora. Pensé en aquella carta en la que decía que iba a llevarme a ver la playa y las olas cuando volviera a casa, y la pequeña parcela desbrozada por papá se hizo completamente borrosa y supe que estaba llorando La biblia de neón - John Kennedy Toole
viernes, 3 de julio de 2015
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