martes, 24 de marzo de 2015

Me convencí entonces de que los sentimientos no pueden cortarse de un solo golpe como creía, sino que su apaciguamiento requiere un lapso de suave transición. Yo necesitaba una válvula cordial; una válvula por donde escapase esa misteriosa substancia que secreta a veces el corazón y que se llama afecto.

(...)

—Vea… Yo puedo dibujar hasta dormido. Esto le demostrará que en mi vida no he hecho otra cosa…
—¿Nació usted artista?
Se sonrió.
—Nacer, nacer… El hombre crece donde le plantan, como los árboles… Yo fui el décimo hijo del portero de una academia de dibujo.

(...)

Me parecía un coqueteo macabro de mal gusto esa pusilánime reacción femenina de terror hacia los muertos. ¿Por qué habíamos de temerlos si ellos son los únicos humanos de los que no cabe esperar daño? Ellos estaban allí quietecitos, dormidos a la sombra de sus árboles, en un estado neutro hacia el amor, el odio y la ambición, los tres motores que activaban el flujo vital; las tres causas que movían al hombre a abandonar su estado letárgico. Allí todo era paz, silencio, con un fondo musical, rítmico y bailable, que ponían los canteros al machacar sus pianos de piedra. (El hombre del siglo XX, pensé, se daba la mano con el hombre del neolítico)

(...)

Pero lo que más nos atraía a nosotros de aquel enjambre inquieto, aureolado de una polvareda espesa y maloliente, eran los narradores de crímenes. De entre todos, la Bruna disfrutaba de nuestras preferencias, ya que, al interés avasallador de sus relatos unía el mérito de recitarlos cantando y acompañada por las notas agrias y desafinadas de la guitarra de su marido ciego. La Bruna era una mujer muy popular. Siempre tenía en torno suyo una multitud ávida y curiosa que coreaba con profundos lamentos el dramatismo aterrador de sus canciones.

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El día que, por cualquier circunstancia, nos fallaba alguno de los habituales ratos de expansión confidencial, me parecía que me obligaban a cargar con un lastre insoportable que impedía el ascenso normal del globo de mi optimismo pueril. Estábamos ya hechos como la mano y el guante, para encontrar uno en el otro la forma y, el otro en el uno, el calor.

(...)

Temblaba al desnudarme, aunque el frío no había comenzado aún a desenvainar sus cuchillos. Me daba la sensación de que todo, todo, hasta las paredes y el techo de la habitación, estaba húmedo de melancolía. Por otro lado, nadie se preocupó de llevar a aquel cuarto la caricia de un detalle. Todo raspaba, arañaba, como raspan y arañan las cosas prácticas. No existía una cortina, o una estera, o una colcha, o una lámpara con una cretona pretenciosa. Allí todo era rígido como la vida y útil como la materialidad del dinero lo es a los espíritus avaros.

La sombra del ciprés es alargada - Miguel Delibes

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